La primera impresión de ver una guacamaya posada en el alero de la casa del vecino es asombro. Una de ellas, quienes nos tienen acostumbrados a acompañarnos en Santa Mónica con sus coloridos plumajes y estruendosas alharacas, esta vez había decidido abandonar la seguridad que le brinda el aire para detenerse en lo que para cualquiera sería un peligroso aposento.
Su belleza me invitó a fotografiarla desde mi ventana varias veces. De frente, de lado, con las alas entreabiertas, picando el duro cemento y de todas las formas posibles, con ese color rojo intenso que cubre su cuerpo matizado con verdes, azules y amarillos resultaban un espectáculo. Le cantamos e hicimos ruidos graciosos, silbamos y llamábamos insistentemente. Nos quedamos con la alegría de haber visto de cerca un animal tan hermoso.
Sin embargo, el caluroso mediodía del 24 de junio fue convirtiéndose en una fresca tarde, para darle paso a una nublada y húmeda noche. El problema era evidente: la guacamaya seguía ahí, al borde de un techo, en el mismo lugar por más de seis horas, sin agua ni alimento. La reacción inmediata fue preocuparnos, seguíamos llamándola desde la ventana, ya con cariño, ofreciéndole un lugar para pasar la noche. No aceptó. Las conclusiones a las que llegamos eran que estaba herida o se había escapado de alguna casa cercana.
Un pajarito ayudó a salvar la guacamaya
Mientras mi mamá rezaba y yo seguía inventando ruidos desde la ventana para atraerla, mi novia (@MateGonzalezJ) inició una campaña agresiva para buscar ayuda a través del Twitter la cual incluía la descripción detallada de la situación y algunas fotos. Claro, unos cuantos se solidarizaron pero los minutos seguían pasando y nadie sabía cómo ayudar. Llamamos a los bomberos… “ellos vienen a bajarla”, comentamos. Después de hablar con los bomberos de Valle Abajo, quienes nos indicaron que la unidad que atendía casos con animales era en Plaza Venezuela, nos comunicamos rápidamente con ellos y la respuesta fue: “en 10 o 15 minutos estamos allá”. Pacientemente esperamos 15, 20…40 minutos. Nunca llegaron.
Ya era tarde, me uní a la campaña por twitter (@LuisMakencie) y coloqué fotos y comentarios mientras, incapaz de hacer algo, la veía desde la misma ventana. Recibí algunos “RT” y comentarios, de nuevo solidarios con la guacamaya pero sin mayor aporte en la solución. Avanzadas las horas, me escribió @mbpadron, a quien conozco sólo por la red social y me sugirió contactara a @irkaflor. Le escribí preguntando si sabía cómo podía ayudar a la guacamaya y seguimos con nuestra ofensiva mediática…sin resultados.
Entrada la madrugada comenzó a llover. Nos asomamos a la ventana y ahí estaba, con la cabeza bien unida al cuerpo, emparamada y tranquila. Nos sentimos culpables por no poder ayudarla, mi mamá seguía rezando y le colocó un nombre: Susy. Dicen que cuando le colocas nombre a un animalito se convierte en tu mascota, así la sentíamos.
Amaneció y tenía una mención en el twitter de @irkaflor. “Buenos días…Fundación @plumasycolas. Ayudan con las guacamayas. Suerte”. Era la luz en 70 caracteres. Les escribí un tweet y los busqué por la red. En menos de media hora ya me había comunicado con la Dra. Gracia pero no todo estaba resuelto, ellos no podían ayudarme a subir al techo y rescatarla.
Inicia la operación Rescate a la Guacamaya.
Le toqué la puerta a la vecina, quien debe tener no menos de 80 años, su respuesta era de esperarse: “Si quieres pasa, pero te tienes que subir tú porque yo aquí estoy sola”, es lo que puedo parafrasear del encuentro. Vine a mi casa a buscar los implementos: unos guantes de lona y cuero que guardaba desde el servicio comunitario en la USB, una chaqueta gruesa, una toalla, una sábana y una funda. Iba a ser un trabajo difícil pero me lancé a la aventura. Al llegar frente a la casa de nuevo, estaba llegando el nieto de la señora, pedir más era demasiado, así que le expliqué la situación y nos dimos la tarea de llegar al techo del segundo piso de la casa. Siendo Susy la protagonista de esta historia, no me extenderé contando cómo nos arrastramos por varios techos utilizando una vieja escalera de la vecina; pero lo importante es que llegamos y Susy seguía ahí.
No se resistió a la captura, ya estaba vencida por las horas de espera y la deshidratación. Incluso, se puede decir que fue fácil meterla en la funda si no tomamos en cuenta que me agarró el antebrazo (aún con la chaqueta) y me rompió un poco la piel… Como pudimos bajamos del techo.
Ya en casa
Mi mamá estaba muy contenta cuando llegué de nuevo a casa, no sólo había bajado sano y salvo del techo sino que además traía a Susy conmigo. La pusimos en la bañera con frutas, agua, pan, arepa y leche, tal vez Susy pensó que no soportó más y había llegado al cielo de las guacamayas. Se veía confundida pero era notable que estuviera más tranquila. Mi mamá me abrazó, lo habíamos logrado. Mate se alegró al saber que ya Susy estaba a salvo e incluso me llamó “héroe” al venir a mi casa a conocerla, su encuentro fue emotivo.
Pasamos el resto del día cuidando que comiera y estuviera bien. Haciendo bullicios que ella respondía, sentados en el piso o gateando para verla mejor y hacerle compañía; hasta nos alegramos cuando hizo pupú por primera vez. Era una mascota para los tres; pero no hay espacio para una guacamaya en nuestro apartamento ni mucho menos alguien que le pueda prestar atención todo el día. Investigué un poco sobre su especie, es una guacamaya bandera (Ara Macao) extinta en varios países, la más delicada entre muchas e incluso el ave nacional de Honduras.
Final feliz
El resto de la historia ya deben imaginarlo, hablé con la doctora Grecia y vino en la tarde a mi casa. Lo que no deben imaginar es que la doctora entró, le puso la mano, dijo “la patica” y Susy se subió como si la conociera de toda la vida. Nos dijo que estaba muy sana y fuerte, sin duda ha sido muy bien cuidada y se había perdido, “el dueño debe estar sufriendo”.
Se la llevaron a un refugio abierto, la cuidará el Sr. Vittorio, quien vino a acompañar a la doctora y tiene varias docenas sueltas en su casa. Están dispuestos a regresarla a su dueño si éste apareciera. Lo importante es que le encontramos un hogar, con alguien que sabrá muy bien qué le gusta, cómo tratarla y cómo hacerla sentir bien.
Antes de escribir esta historia escribí en twitter “Debemos estar contentos. Salvamos al animalito. Guacamaya bandera ya tiene hogar @irkaflor @plumasycolas @mbpadron @MateGonzalezJ”, me faltó decir Gracias.
Susy no es el primer animalito que ayudamos, antes que ella fueron Fe y Simo (por ser feísimos al nacer), dos pajaritos que nacieron en nuestra jardinera y alimentamos durante varios días hasta que decidieron partir; de vez en cuando nos visitan. También está una perrita que encontramos en el sótano de Parque Central hace bastante tiempo y en pocos días ya tenía una casita donde ahora vive felizmente. Traten de ayudar a los animales, al final del día es una experiencia realmente gratificante que nos hace crecer como personas y nos hace sentir que existimos por algo.
