En el siguiente relato contaré, de manera resumida, cómo superé la telaraña burocrática del Registro Principal del Distrito Capital. Para nada es una tarea sencilla pero si eres común, como yo, estas líneas van a ayudarte. Estoy seguro.
Antes de comenzar debemos dejar claro que para continuar la lectura es necesario cumplir uno de estos requisitos: usted está convencido que quiere registrar el papelito que le dieron al culminar sus estudios o ya lo registró y sólo quiere distraerse con la lectura unos minutos. Aclaro esto porque sé que si le queda una mínima duda sobre registrar su preciado tesoro, abandonará dicha empresa mucho antes de terminar de leer mi maratónica jornada y no quiero sentirme culpable por eso.
El día comienza antes de salir el sol
El terminal de mi cédula de identidad es 1 y me corresponde asistir al Registro un día lunes de mi preferencia, así lo hice. Organicé una agenda casi vacía para no dejar alguna tarea pendiente y decidí que yo mismo haría el trámite.
El domingo anterior dejé a la mano mi título de ingeniero, un bolígrafo, mi cédula laminada y 370 Bs. en efectivo. Eso sería suficiente.
A las 5 de la mañana del lunes sonó Llamado de Emergencia, estuve tentado a darle al botón rojo de mi celular y esperar otra semana la llegada de una nueva oportunidad pero vencí mi lado oscuro y me levanté de un sopetón. Recuerdo que, en mi obsesión con los números, pensé ¿cuántos estarán despiertos a esta hora? y sólo pude contar a mi cuñada, su familia, dos amigos que viven en Guarenas y el abuelo de una amiga que se despierta puntualmente a las 3 de la madrugada todos los días de su vida.
A las 5:20am ya estaba parado en la esquina de mi casa, seguía oscuro. Durante el recorrido, no mayor a 50 metros, sentí sobre mi espalda la mirada nerviosa de mi mamá. Es sorprendente lo oscura y sola que es Santa Mónica a esa hora. Con tanta vaina que uno ve y escucha no puedo negar que me encomendé a Dios.
A las 5:25 me monté en el taxi, manejaba un señor cuyo acento lo delataba como andino. La conversación fue fluida y variada con Reinaldo Armas sonando en la radio. Desembolsillé 40 Bs, como habíamos acordado y en 10 minutos ya estaba en la esquina La Pelota de la Avenida Urdaneta donde comenzaba la cola.
Señor, ¿esta es la cola para registrar el título? – Sí. Me coloqué detrás de él. No tardó en aparecer un tipo con una silla plástica. Dos mil pa´ ti, gratis pa´ mi hasta los 8:30. – Negativo, gracias. Me ofreció realizar el trámite por un módico precio pero si ya estaba ahí, no hacía falta. Durante la siguiente hora continuaba llegando gente mientras el sol nos daba los buenos días. Todos recibían la misma oferta, la mayoría aceptaba el asiento y ninguno lo contrató como gestor.
Noté que a pocos pasos había un kiosco abierto y lo acababan de surtir con el diario deportivo de Venezuela. Me acerqué, lo atendía un señor que sin duda supera los 150 años y compré, por 5 Bs, el Meridiano y un bolígrafo porque el mío ya había desaparecido. Volví a mi lugar en la fila.
A medida que avanza el reloj, el tráfico en la avenida se va complicando, comienzan a pasar los vendedores de café, manzanilla, avena, fororo…y un pregonero me ofreció “La Noticia”. Se escapó el líder de Los Invisibles. – Aquí con real cualquiera se vuelve invisible. Mi afirmación lo marcó y cambió su pregonar por el mío sin pagarme los derechos de autor.
La cola comienza a moverse, hay esperanza
A las 7:05am la cola cobra vida y los individuos comienzan a levantarse como guiados por un redoblante, para no estropear la coreografía esperé que se levantara el señor de adelante y me levanté de la escalera de una tienda donde me había ubicado.
En la puerta del Registro nos esperaba un “Pachecho” para revisar que las cédulas terminaran en el número correspondiente a la jornada. El joven, como casi todos los porteros del país es inquebrantable y ejerce su función con poca amabilidad. Dado que yo cumplía con el único requisito superé la pequeña puerta y continué, sin dejar de notar que ante el centinela quedaban varios madrugadores que por falta de información habían perdido su tiempo.
Guiado por la misma cola, al mejor estilo del ganado, superé dos niveles por las escaleras hasta llegar a una sala con 35 sillas azules. No alcancé a sentarme y me tocó esperar pegado a la pared del fondo. Al final de la sala se abrió una puerta de donde salió un joven con cara de trasnochado para dar las instrucciones. No pierdan el orden en el que están. Cuando yo entre pueden pasar por esa ventanita, uno por uno, a comprar los timbres y se vuelven a colocar en su sitio. Para técnico son 6,5 Bs de los nuevos. Para Licenciados 13 y estudios superiores 32,5. Volvió a cruzar la puerta y se ubicó detrás de la ventana de vidrio. En orden todos compramos los timbres correspondientes. Al terminar, como si él fuera el único empleado, salió para dar nuevas explicaciones. Ahora voy a pasar puesto por puesto a darles los números, saquen el título y la cédula. Comenzó su labor, revisando que los títulos no tuvieran enmiendas (o debían tener el acta de grado)…algunos tuvieron que irse por ese detalle. Me entregó el número 42 y siguió a través de la fila.
Si se retrasan es culpa suya
Al terminar de entregar los números explicó el procedimiento. Pasan según les corresponda por la taquilla 8. Hoy hay una sola taquillera así que lleven el título, la cédula, los timbres y el número en la mano. Si se retrasan es culpa suya porque ella es rápida. Depende de ustedes salir a las 10 o a las 3 de la tarde. Vi el reloj y eran las 8:35.
La cola avanzaba aproximadamente cada 3 minutos, sí, utilicé el cronómetro. En ocasiones era más rápido y en otras irrumpía algún compañero de la taquillera a contarle sobre el fin de semana o pedirle un favorcito (claro, incluía un título). Para nuestra fortuna, el joven trasnochado habilitó la taquilla 9 y tramitó algunos títulos. Por alguna razón se levantó de su sitio y la silla que ocupaba hacía escasos minutos quedó desierta de manera prematura. A las 10:10 me atendió la señora de la taquilla 8, solo cruzamos un par de frases. Buenos días. – Buenos días. Tomó mis documentos, pegó los timbres en el título, lo selló, me hizo firmar un papel y me regresó todo junto a una Planilla Única Bancaria (PUB). Gracias. – A la orden.
Acabando con la burocracia
En esta etapa comienza un proceso sumamente enredado. Le sacas dos copias al título con el sello que le pusieron y dos más a las PUB, pagué 3,2 Bs. Luego te diriges al banco de tu preferencia (aparecen cinco en la planilla). Yo caminé poco más de dos cuadras hasta el Banco de Venezuela en busca de una cola corta. En el banco depositas 285 Bs y se quedan con el original y una copia de la PUB. Te regresan una copia validada que debes duplicar dos veces más, le sumaba a mi cuenta 1,6 Bs.
Una vez que sacas las copias, depositas y sacas más copias debes dirigirte a la taquilla 7 con la PUB validada a retirar un recibo de pago. Vi el reloj mientras caminaba por la avenida Urdaneta y eran las 11 de la mañana. Mi objetivo se ubicaba al final de un pasillo en el nivel mezzanina del mismo edificio en el que gastaba mi mañana, pero me sorprendí al final de una cola que terminaba casi en el segundo piso. Debía tener 30 personas delante. En la cola muchos se quejaban, la mayoría hablaba mal del gobierno, algunos se sentaban en la escalera y todos teníamos hambre. Me llamó la atención la discusión entre dos señoras cuando pasó un caballero con un carnet guindado en el paltó. Una de ellas gritó, ¡La cola no se mueve, esto no sirve! La otra respondió de inmediato: – Señora, cállese que luego pagamos todos. La réplica de quien reclamara segundos antes fue tan acertada que sentí ganas de aplaudirla. – Usted tan vieja y todavía le tiene miedo a un carné. Por miedo y pena es que estamos así. No aplaudí, por pena.
A las 11:50 llegó mi turno. Entregué la planilla a una señorita malhumorada que se cubría del frío con una chaqueta roja de quién sabe cuál poder popular. Introdujo mis datos en una computadora e imprimió mi recibo con la impresora que utilizaran para hacer el Acta de la Independencia. El simple hecho de estampar el papelito tomaba casi 30 segundos. Increíble.
Atravesé el pasillo de la mezzanina y subí corriendo las escaleras hasta la taquilla 10 ubicada en el primer piso. Faltaban 5 para las 12 y esa gente almuerza puntualmente. Delante de mí una joven reclamaba que le aceptaran esas copias aunque no estuvieran nítidas, la encargada no aceptó. Antes de mirarme, miró el reloj. Sé que si hubieran sido las 12 me hubiera hecho esperar un par de horas pero faltaban dos minutos. Después de 6 horas esos dos minutos valieron todo el esfuerzo. Me firmó el recibo, guardó mis documentos en una carpeta y los dejó reposar junto al resto. Búscalo en una semana, de 11 a 1 agarras un número y a la 1:30 lo retiras.
El proceso podría acelerarse
Salí del Registro que continuaba repleto y me incorporé a la concurrida acera que va de Pelotas a Punceres. Compré una chica de 5 Bs, mi primera comida del día. Esperé en una parada cercana el carrito “vía Santa Mónica”. Me bastaron 10 minutos para pensar en una solución. En mi mente, fui al banco a depositar el costo del trámite. Con el original y una copia del depósito me dirigí a comprar los timbres fiscales y pasé por la taquilla 8. La señora tenía una sonrisa. Revisó mi cédula y título antes de recibirlos. Firmó la copia del depósito y se despidió amablemente, no sin antes indicarme cuándo debía recoger mi título registrado. No me había tomado más de una hora.
Volví a la realidad, venía mi carrito. Me subí. Cancelé los 2 Bs. del pasaje y me senté cómodamente. Conté que me quedaban 15 Bs en la cartera y dos monedas de 0,1 Bs en el bolsillo. Menos mal quedaban dos minutos.
Al entrar a mi casa le escribí un “Tweet” a @chavezcandanga diciéndole que el Registro Principal del Distrito Capital es un desastre. Sé que no lo leyó